La mujer trans que a sus 84 años está por crear el primer albergue LGBT en México

Samantha vio florecer el movimiento gay en la Ciudad de México y luego ser arrasado por la pandemia del SIDA.

Samantha Flores García nació en el año de 1932 en Poza Rica, Veracruz. En aquel tiempo sólo había de dos sopas: azul para los varoncitos y rosa para las niñas. Hija de un obrero y de un ama de casa, tuvo una infancia feliz y sin sobresaltos, hasta que en la secundaria se dio cuenta de que era distinta. Hoy ataviada en un vestido rojo que hace juego con sus labios, pocos imaginarían que hace ya casi 85 años, esta mujer de memoria impresionante y respuestas sagaces, nació bajo el nombre de Vicente Aurelio.

“Cuando me di cuenta de que era diferente tenía 13 años; fue un shock y se me vino el mundo encima. Tuve entonces mi primer novio: era un gimnasta 6 años mayor que yo que primero fue mi amigo, hasta que un día no pude más y después de una matiné a la que fuimos juntos, me volteé para darle un beso y así empezamos a ser novios, hasta que nos descubrieron. Él y yo teníamos un pacto: si nos encontraban en mi casa, yo le echaba la culpa, y si nos encontraban en la suya, él me echaba la culpa a mí. Como mi mamá fue la que nos cachó besándonos, a él le tocó asumir la responsabilidad. ‘¡Si tú papá lo sabe los mata!’, fue la reacción alarmada mi mamá. Mentira: mi papá nunca me hizo nada, pero ese fue el primer golpe de realidad; ahí supe que el camino no iba a ser tan fácil”.

En la preparatoria, ya sin la protección de su primer novio, tuvo que enfrentar el bullying, que en aquel entonces ni siquiera se conocía así. “Cuando decían, ‘Flores, al pizarrón’ y pasaba yo a resolver los ejercicios, comenzaban los silbidos: ‘¡Fiu, fiu! ¡Fiu, fiu!, porque yo era un muchachito muy mariconcito y afeminado. Tuve que ponerme “lipsta” y escoger a los amigos más populares para que así no me molestaran. Sólo así la cosa cambió y pude sobrellevar la situación”.

Para escapar de su pueblo chico, donde todo se sabía y se murmuraba, escogió estudiar en la Escuela Bancaria y Comercial la carrera de Contador Público. Fue la primera vez que se aventuró a vivir en la Ciudad de México, pero no lo logró y regresó a su tierra. Cuando creyó que estaría condenada a vivir para siempre en una tierra que oprimía su libertad y donde se sentía señalada, por un golpe de suerte se ganó un coche en una rifa en el trabajo donde estaba, y sin pensarlo dos veces lo vendió para comprarse un boleto a Estados Unidos.

“Ahora que lo pienso no es que quisiera irme de mi tierra, que es un lugar maravilloso. Más bien sentía que necesitaba salir de su ambiente machista, pesado y represivo donde no podía ser yo misma”. Después de Estados Unidos, la vida la llevó a Acapulco, a Madrid y de nuevo a la Ciudad de México, donde además de desempeñarse en labores relacionadas con la hotelería, conoció a mucha gente del teatro. “Ahí sentía que sí podía ser yo; había mucha gente gay. Conocí a Alma Muriel, a Angélica María, a Lilia Prado. Gracias a mi buena estrella transcurrió bonita la vida. Fue en este entonces que conocí a la Xóchitl, y entonces mi vida cambió para siempre”.

“¡La Xóchitl era un gorila vestido de mujer!”

“Gustavo Xochilteotzin nació en Tacámbaro, Michoacán, en 1932. Su familia era numerosa y de origen humilde; su infancia fue un pequeño infierno porque era un niño delicado que sufrió por las burlas de sus compañeros de escuela, lo que se sumaba al repudio de su propio padre. Cuando tuvo la oportunidad, salió huyendo de aquel ambiente y llegó a Querétaro, una de las ciudades más conservadoras del país. Allí no sólo trabajaba como florista, también comenzó a organizar las primeras fiestas travestis que luego lo hicieron memorable”.

Esto apunta el escritor y periodista Guillermo Osorno sobre la emblemática figura de Xóchitl, en el segundo capítulo de su obra Tengo que vivir todas las noches. En este libro, Osorno retrata con precisión y nostalgia la vida gay de los años ochenta en la Ciudad de México. Por supuesto no podía dejar a mencionar a Xóchitl, a quien destaca no sólo por su audacia y el gran poder —inaudito para un travesti— que llegó a ostentar, sino también por su físico: “una mujer corpulenta, morena, con peluca negra, siempre con peinados altos, muy maquillada, con los ojos grandes como platos y vestidos recargados que debían pesar la mitad que ella misma”.

Samantha, mucho menos poética que Osorno y sin pelos ni eufemismos en la lengua, también la recuerda y describe: “Xóchitl era importamadrista. En una época en la que todo estaba cerrado para los gays, abrió espacios para la comunidad a punta de madrazos. Y así fue como se coronó Reina, a pesar de ser un gorila vestido de mujer. ¡Un gorila!”

Fue precisamente Xóchitl la que incitó al entonces Vicente a que se vistiera de mujer por primera vez. “A mí nunca me había pasado por la cabeza, pero Xóchitl quería que un grupo de sus amigos en una sus fiestas nos convirtiéramos en sus damas. Y aceptamos. Para vestirnos decíamos: ‘ay, pues yo le robo un vestido a mi hermana’, ‘ay mi mamá tiene dos sacos, yo le robo uno’, ‘ay yo tengo una amiga muy linda que tiene pelucas, le voy a decir que me las preste’, y así nos hicimos de nuestro vestuario. Todo era prestado, lo único que nos compramos eran las pantimedias. Esto fue en Querétaro en el año de 1964 ¡Y ahí vámonos todas a Querétaro!”

De esas primeras veces que se vistió de mujer y de cómo formó parte de las primeras noches travestis de la Ciudad de México, Samantha recuerda divertida: “cuando a la Xóchitl la corrieron por jota de Querétaro se vino a la Ciudad. Ella ridícula y nosotras igual, le hacíamos segunda. En aquél entonces no había tanta maña y tanto truco como ahora: ponte el vestido encima y listo. Ah, pero antes el bra: ese lo rellenábamos con periódico. Era algo muy chistoso”.

Anécdotas sobre aquellas primeras veces tiene muchas, pero recuerda una con especial cariño: “recuerdo que como la Xóchitl era muy creativa, se inventó el concurso de Señorita Fiestas Patrias. Yo nunca quise participar, aunque las demás siempre me decían que le entrara. Es más: hasta me escondía. Una vez organizaron el concurso en una casa muy padre en Acapulco y como yo no quería concursar, me escondí en un cuarto donde nos cambiábamos y arreglábamos. Pues como no sabían que estaba ahí, cerraron la puerta con llave ¡y me quedé encerrada toda la fiesta! No me quedó de otra más escuchar la fiesta de lejos, fue muy chistoso”.

Fotos por Gabriel Rendón. La importancia de llamarse Samantha

Vicente Aurelio Flores García comenzó a llamarse Samantha precisamente gracias a estas fiestas organizadas por Xóchitl. “Un momento emocionante fue cuando todos empezamos a escoger nuestros nombres cuando nos íbamos a vestir. Cuando estrenaron la película Alta sociedad con Grace Kelly, Bing Crosby y Frank Sinatra, una película con una música sensacional, yo quedé fascinada. Bueno, en esa película al personaje de Grace Kelly, su exmarido en la película, que era Bing Crosby, le había puesto Samantha y le decía Sam. A mí me llamó la atención ese nombre porque podía ser Samuel, pero también podía ser Samantha. Y claro, ¡pues también porque era Grace Kelly!”

En ese entonces, Vicente sólo se transformaba en Samantha en fiestas o en fines de semana. Luego, cuando los amigos lo invitaban a algunas otras actividades, le pedían cada vez más que asistiera bajo la identidad de Samantha. “Ahí fue cuando me di cuenta de que pasaba muy bien como mujer. Mi autoestima que estaba por el suelo por ser un maricón comenzó a recuperarse ahora que era una mujer guapa; me sentía más confiada como Samantha. Me llovían atenciones y galanes y fue así que me enamoré de una identidad que hasta ese momento sólo había sido un personaje”.

Después de un tiempo de experimentar su dualidad como Vicente/Samantha, al fin se decidió a dar el gran paso a vivir definitivamente como Samantha. “Tenía mucho miedo. Tenía tres dilemas: número uno, sentía que iba a perder a mis amigos. Número dos: pensé que me rechazaría mi familia, yo ya en ese entonces tenía 36 años. Pero número tres, y lo más importante, ¿de qué iba a vivir? Pero todo resultó bien, mis amigos me aceptaron, en mi familia hasta me dijeron que por qué me había tardado tanto y ofertas de trabajo me llegaron solas, primero como relaciones públicas antros gays y luego, gracias a mis amigos, también en el mundo heterosexual. ¡Nunca me faltó nada, mucho menos pachanga!”

Y sí, todo parecía pintar bien, hasta que los años ochenta llegaron, junto con sus terremotos, sus devaluaciones y por supuesto, la pandemia del VIH/SIDA que arrancó de tajo la vida de una gran cantidad de personas de la comunidad gay y convirtió la fiesta arcoíris en una tragedia continua, sorda y sembrada de desesperanza.

“Prácticamente todos mis amigos que tenía cuando estaba en Estados Unidos se me murieron por el SIDA. Cuando se me murió mi amigo número doscientos, estaba tan descorazonada que simplemente dejé de contarlos”, me dice, con la voz entrecortada por primera vez desde que iniciamos la entrevista. “Cuando uno de mis grandes amigos, Jaime, quien en su momento me dio trabajo y a quien yo quería mucho estaba en las últimas, estaba desesperada, y fue así como llegué a una AC que se llama Ser Humano fundada por Margo Su, la dueña del Teatro Blanquita y Nancy Cárdenas”.

Gracias al acercamiento con esta asociación civil en donde su amigo pasó sus últimos días rodeado de cariño y compañía, fue que en Samantha despertó la conciencia de querer ayudar a otros. “Hasta ese momento yo vivía una vida muy cómoda. Todo era fiesta, galanes, y hasta cierto punto vivía dentro del clóset porque tenía una vida de señora. Pero como quería pagar de alguna manera lo que hicieron estas personas con mi querido amigo, me volví voluntaria”.

Esta labor de voluntariado y toparse de frente con los estragos del SIDA la sensibilizaron profundamente y comenzó a moverse para conseguir ayuda en un entorno que se encontraba reacio a involucrarse con el problema. “Recuerdo que con unos amigos fui a pedir ayuda a la esposa del presidente Salinas y en vez de recibirnos, mandó a su asistente a decirnos: ‘nos da mucha pena pero la señora no los puede recibir. Es una papa caliente que ella no va a tomar, así que ella no puede ayudarlos en nada’. Y así por todos lados”.

Pero eso no fue suficiente para doblegarla. Si por la vía institucional las puertas se cerraban, Samantha abría las de su apartamento y llegó a tener tres amigos afectados de SIDA viviendo en su casa. “Samantha, no puedes hacer eso, psicológicamente te vas a derrumbar”, le decía una de sus amigas. “Pero yo no tenía miedo a abrazarlos, a cuidarlos, a besarlos. Y afortunadamente salí adelante”.

 00De sueño guajiro a realidad cercana: el primer albergue para ancianos LGBTTTI

Un buen día, a Samantha le propusieron hacer un libro sobre su vida, sobre lo visto y lo vivido a lo largo de más de 50 años. De su vida como personaje queer en la Ciudad de México. “Al principio no quería, no le veía el caso. Seguro hay películas porno más interesantes que lo que yo les pudiera contar. Pero me convencieron y en eso estábamos, y platicando sobre mis experiencias e inquietudes salió una especie de sueño o ilusión, que era la de tener un albergue para ancianos gays”.

Para Samantha es claro que si bien los ancianos en México son un sector olvidado, abandonado y discriminado, los ancianos de la comunidad gay lo son por partida doble. “El adulto mayor LGBTTTIQA para la sociedad simplemente no existe, es invisible. Y esto es algo que tiene que cambiar. Por fortuna hay gente valiosísima que me ha apoyado a ir dándole forma a este sueño. Hace poco lanzamos una campaña en Donadora, gracias a mi amigo Alex Villalobos y a la compañía en la que él trabaja, que se involucraron mucho con el proyecto”.

Según su óptica, también es indispensable establecer alianzas y olvidar las viejas divisiones entre el mundo gay y el mundo heterosexual. “Si logramos impulsar este proyecto es gracias a la suma de muchas fuerzas. La verdad sea dicha: a pesar de estar enamorada de esta idea yo no he hecho grandes sacrificios, ni he gastado mi dinero, todo ha sido gracias a que la gente de muy distintos ámbitos se ha involucrado”.

Hace apenas unos días, justo a unas horas de que se venciera el plazo para llegar la meta de 400 mil pesos que Samantha y su equipo habían fijado en Donadora, ella recibió la feliz noticia: se había alcanzado la cantidad necesaria. “Yo estaba saliendo de una función en el Teatro de la Ciudad cuando un chico se acercó a abrazarme y a decirme: ‘¡Samantha, lo lograste, llegaste a la meta’. Yo por supuesto no me la creía, luego me puse a llorar de la emoción. Ahora, cada que me felicitan por haber llegado, les digo que no me feliciten, porque esto no es algo que hice yo, es algo que hicimos todos, y que demuestra que tenemos una enorme fuerza como comunidad y que si nos unimos todos, somos imparables”.

Samantha no quita el dedo del renglón acerca de la importancia de aliarse con el mundo heterosexual: “esto se logró gracias a esos valiosos aliados. Si nosotros como comunidad LGBTTTIQA tenemos la capacidad de ser unos fregones, cuando nos unimos con nuestros amigos heterosexuales, ¡somos todavía más fuertes! Esto se logró no gracias a orientaciones, sino a una fuerza que va mucho más allá de eso. Y esa fuerza es el amor”.

A pesar de que este proyecto ya reunió los fondos suficientes para iniciar, ahora está en proceso la búsqueda de un lugar accesible y bien comunicado, de preferencia cerca de un metro y metrobús (al que los adultos mayores acceden de manera gratuita). Y si bien el lugar en primera instancia operará como “casa de día” —puesto que el papeleo para transformarlo en un albergue que opere las 24 horas requiere mucho papeleo y además mucho más presupuesto—, Samantha no dejará de insistir y espera que más temprano que tarde, México cuente con el primer albergue LGBTTTI gratuito a nivel mundial.

Si quieres aportar a este proyecto o te interesa conocer más de él, entra a http://www.vidaalegre.org/

Fuente: VICE
@PaveloRockstar

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